Seguidores

domingo, 25 de abril de 2010

CRÓNICA DE MIL EN MIL


“¡Paleta, paleta, paleta…! ¡a la orden el chorizo con arepa a $1.200 y el pincho a $1000, a la orden, a la orden …! ¡oye bissss, oye ven, ven déjate atender, mira los aretes o este collarcito, te lo dejo baratico, pero ven te doy un obsequio…!, ¡la última en cartelera, la última, siga a $2000, 3 por $5000, siga, observe sin compromiso…!”

Por: Marcela Gómez y Alejandra Prada

Entre pitos, semáforos, frenos, arranques y el caminar de la gente Luis Humberto Muñoz también hace parte de este coro que rodea el andén comercial de la avenida Cali en intersección con la Av. Suba a la atura de los almacenes de cadena Éxito y Carrefour y el centro comercial Plaza Imperial.

Así es, Luis Humberto, un hombre de aproximadamente unos 55 años de edad, de los cuales los tres últimos ha dedicado a satisfacer el sentido gustativo de los transeúntes con la sazón de un producto muy tradicional de la gastronomía colombiana. El chorizo con arepa por la módica suma de $1.200 y, para otros paladares, suculentos pinchos de carne de res o de cerdo con papa salada a tan solo 1.300 pesitos.

Desde las 7:00 de la mañana y de domingo a domingo don Luis Humberto sazona sin guantes y atiende a sus clientes con cordial semblante para reunir la platica que le permita alcanzar su sueño: “de aquí a dos años poder comprarme un nuevo carrito choricero con acero inoxidable, bien pintadito y con un sistema innovador de gas”, sin embargo, su cordial semblante tiende a endurecerse con una tosca mirada hacia su izquierda; uno de sus posibles clientes parpadea con atracción ante la oferta del vendedor siguiente que le promociona el “mismo pincho” a 1.000 pesitos.



(Foto: Luis Humberto Muñoz. )


Alrededor más que ofertas de diversos valores, se extienden por el espacio público del andén todo tipo de ofertas de ropa, accesorios, música, películas, juegos didácticos callejeros y más comida, un sinfín de productos que desde una perspectiva profesional parecerían fruto de proyectos emprendedores, pero… ¿a qué precio? Al precio de la informalidad o como lo dice un anónimo de la Alcaldía Local de Suba al precio de “la mafia del espacio público”.
“...prefieren la ilegalidad para ganar un porcentaje que se les va a reconocer porque casi el 97% de las mercancías que se venden en los espacios públicos son de contrabando, es lavado de activo, entonces en este lavado de activos le entregan a esas personas una mercancía sin ningún dinero a cambio, pero cuando las vendan ellos tienen que revertir ese dinero, existe la mafia del espacio público”.
Por su lado, Arelys Valencia Valencia Abogada de apoyo de coordinación jurídica de la Alcaldía de Suba, explica el dilema de la informalidad, que para estos agentes sociales conocidos como los vendedores ambulantes es inocentemente su única opción de vida, su única alternativa.

“Reubicarse significa para un vendedor estar dentro de establecimiento de comercio, lo cual es muy complicado porque sus ventas se pueden ver afectadas porque en este tipo de funcionamiento deben pagar servicios públicos e impuestos, lo cual a ellos no les beneficia, no les gusta. Mientras si están en el espacio público y usufructúan el espacio público, no le cancelan absolutamente a nadie ningún tipo impuestos de prebendas estatales”.

Y mientras Luis Humberto mira con recelo al vendedor ventajoso de la izquierda, a su derecha el coro callejero le da la nota al ¡siga, siga merengón a la orden! de Nelsy y Silvana de 19 y 16 años respectivamente, dos menores de edad para quienes la venta de merengón los sábados y domingos en este sector de la localidad de Suba es su alternativa “para no quedarnos haciendo nada en la casa, para no quedarnos viendo televisión” – dice Nelsy –.Dos menores que desde su visión comercial no tendrían porque pagar impuestos ni ven la necesidad de ubicarse en un local comercial cuando en el baúl del un Skoda azul logran acomodar los merengones que atraen la mirada y el bolsillo de los usuarios que por ahí entran al Éxito.

¡Productividad!, ese es el motor, ese es el argumento de las autoridades locales para desarrollar proyectos de inclusión y organización de los informales del comercio callejero. La traducción del término para los vendedores ambulantes es el rebusque, la plata y la comida que alimenta a sus familias en un país que le niega las oportunidades a los viejos – como dice don Luis Humberto – las prestaciones sociales son el lujo de los pocos que no contratan por bolsas de empleo ni a través de cooperativas de trabajo y en un país donde los proyectos productivos son más ganancia del Estado que de los comerciantes y emprendedores porque los impuestos y las obligaciones que implica la legalidad le disminuye el porcentaje de ganancia a estos vendedores informales, esto sin contar con el dilema de la competencia comercial de las tiendas de barrio, cuando el espacio público demanda flujo de dinero y cuando el argumento contrario de Jhon Alexander, un primíparo de ingeniería de sistemas, explica que si “la gente paga 20 o 30.000 pesos por una cachucha en el Éxito o en algún almacén del centro comercial, puede y prefiere pagar $5.000 por las cachuchas que yo le ofrezco en la calle”.

Rebusque o productividad, hasta para doña Myriam Mendieta, que no vende ningún producto pero si presta un servicio vital a esta comunidad ambulante, la informalidad le proporciona el subsistir de los fines de semana; paradójicamente es ella quien se encarga del aseo de la zona, quien se encarga del punto de quiebre de este trabajo que atropella al medio ambiente y genera malestar entre la comunidad circunvecina del sector, como lo explica Arelys Valencia.
“Sobre todo la comunidad circunvecina de este sector de Plaza imperial y el Éxito presenta muchas quejas y derechos de petición indicando que no hay espacio por donde transitar, que los andenes están invadidos, que la presencia de vendedores informales les genera inseguridad. Los vendedores se ubican al frente del comercio organizado y esta ha generado bajas en las ventas de ellos, todo este tipo de actividades produce incomodidad”.
Una vez más la cifra es de 1.000 pesitos para cada puesto de la zona, que doña Myriam recoge, con el aval de la asociación de vendedores, desde las 5:00p.m hasta las 9:30 o 10 de la noche a cambio de dejar aseado y limpio el andén.

Foto: Avenida Ciudad de Cali.

Y si de aseo se trata, pues doña Myriam se encarga del más elemental, la basura del piso, pero ¿qué pasa con la higiene de los alimentos que allí se comercializan bajo la “protección” de sombrillas que parcialmente cubren de la lluvia y el sol pero no de la polución de los vehículos y de las manos que sazonan con el saborizante que dejan los billetes en cada pago?

“…si ese espacio público no se maneja acorde con lo que los mismos vendedores han planteado para su entorno de trabajo que es mantenerlo limpio, si no se acomodan a lo que ellos mismos ha reglamentado para beneficio y uso de esas zonas de transición, son retirados de esos espacios. Frente al control o verificación que tiene la alcaldía sobre los alimentos que se manipulan, nosotros no asumimos ninguna política porque no somos el ente competente, lo que nosotros hacemos es acompañar a salud pública cuando va a realizar este tipo de operativos junto con personería, para garantizar que una vez ellos ordenen el retiro de un alimento o la destrucción del mismo, se haga con toda la observación de la ley, eso lo hace directamente salud pública con sus funcionarios.” – explica Arelys Valencia.

La tosca mirada de don Luis Humberto se dirige hacia un hombre que sin vergüenza bate un cartón azul dándole aire al carbón que da calor y fuego a sus mazorcas y pinchos de dura carne y de color desagradable, que según don Luis Humberto, son los pinchos que no vendió ayer o peor aun, el fin de semana pasado, y que la gente no ve porque se deja convencer por $300 menos.

Cómo no albergar indignación cuando un hombre que legalmente vinculado a la asociación de vendedores del sector del Éxito a Carrefour, cumple con un curso de manipulación de alimentos y que, por exigencia de la misma, utiliza bata blanca y pinzas para atender su negocio; mientras que a su izquierda un vendedor desvinculado de la asociación llega de buenas a primeras con comida de baja calidad, un buzo café roto, un pequeño delantal amarillo que cuelga de su cintura y azotando un endeble cartón para calentar unos productos que manipula con las mismas manos con las que recibe el pago de sus clientes y se limpia el sudor de su rostro, arrebatando al cantar de precios bajos, los posibles clientes de don Luis Humberto. Peor aún cuando uno de ellos paga $1000 por el aseo de su zona diariamente y el otro, literalmente, se hace el loco porque “esto es precisamente informal y eso depende de la autonomía del vendedor”, así lo explica doña Myriam cuando cuenta el problema del aseo con los nuevos vendedores que llegan al sector, según ella, los más problemáticos. (Foto: Vendedor no asociado. )

Ahora bien, si el conflicto vecinal de don Luis Humberto es indignante para el sector de los vendedores, para los consumidores y transeúntes es peor continuar su caminar por la Av. Cali hacia el sur y encontrarse en primer lugar con que debe caminar sobre la ciclovía porque en el espacio peatonal no hay lugar, “no se pueda caminar con tranquilidad, eso de pronto viene una bicicleta y lo levanta a uno porque no hay campo para caminar por donde es” – comenta la señora Inés de Vargas, una habitante de la localidad de suba desde hace 20 años.

Foto: Peatones en la ciclovía.


En segundo lugar se hace inevitable dirigir la mirada hacia los chorizos colgantes del puesto esquinero de la señora Gloria Castro, una mujer consciente de las exigencias de la Secretaría de Salud sobre el uso de los guantes, el tapabocas, las pinzas, la manipulación y refrigeración saludable de los alimentos, pero que tranquilamente expresa dejar de lado estas medidas de salubridad porque “¡estaba almorzando! y porque no hay plata para las neveras” mientras “ventila” sus chorizos en el sutil perchero de un grasoso tubo de la sombrilla que además sostiene la bolsa de basura del negocio rodeado de un plástico entre negro y amarillo que protege los alimentos del viento, la lluvia y el sol.


Foto: negocio de chorizos de la señora Gloria Castro.


Mientras que Arelys Valencia explica que la Alcaldía Local de Suba no es el ente competente para atacar el problema de raíz porque hay entidades pertinentes para cada caso, por ejemplo el tema del espacio público y la piratería es un asunto policial, el problema de la salubridad de los alimentos es asunto de la Secretaría de Salud y del área de salud pública del Hospital y finalmente el tema de la reubicación de los vendedores depende de cómo se organicen ellos mismos. En ese sentido la comunidad circunvecina seguirá paseándose por la ciclovía y de mil en mil adquiriendo los productos de los vendedores formalmente organizados y los informalmente asentados.